La resiliencia en mi historia: cuando el dolor se convierte en fuerza.

No tuve una infancia sencilla. Crecí en una familia humilde, con muchas carencias y una ausencia enorme: la de mi papá. Esa ausencia no fue solo física, también fue emocional.


Y aunque siempre estuve rodeada de amor por mi mamá y mis hermanas, había silencios, miedos, responsabilidades adelantadas y una sensación constante de tener que poder con todo.
Recuerdo noches preguntándome por qué la vida era tan difícil. Y también recuerdo el momento en el que simplemente me acostumbré. Me volví fuerte por necesidad. Independiente desde la urgencia. Aprendí a cuidar, a sostener, a hacerme cargo… pero no a abrazarme.


La palabra “resiliencia” llegó mucho después, y no como una frase bonita. Llegó para poner en palabras todo lo que había vivido.


Resiliencia es romperse y volver a armarse. Es no saber si vas a poder… y aun así seguir caminando.


No siempre confié en mí. No siempre creí que podía cambiar mi historia. Pero en el camino apareció el coaching, y con él, una nueva forma de mirarme.


El coaching me dio herramientas para entender mis emociones, nombrar lo que sentía y dejar de permitir que eso me definiera. Me ayudó a reconocer mis pensamientos y elegir cuáles quería sostener. Me enseñó que las acciones no tienen que nacer desde la exigencia, sino desde el propósito.


Y, sobre todo, me mostró que la felicidad no es una meta, sino una construcción diaria hecha de decisiones pequeñas pero profundamente conscientes.


Hoy sé que mi historia no me limita. Mi historia es mi raíz. Y gracias a ella puedo acompañar a otros con compasión, experiencia y una certeza inquebrantable: sí es posible transformar el dolor en fuerza y la historia en posibilidad.


Si estás viviendo un momento difícil, o si sentís que tu historia pesa… no estás sola. Hay caminos. Hay herramientas. Y hay una vida posible donde tú seas la protagonista.


Gisela Tassara

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