Comenzar de nuevo.
Cuando decidí dejar mi país, dejé mucho más que una casa. Dejé roles. Dejé historias. Dejé una versión de mí que conocía de memoria.
Dejé de ser “la amiga presente”, la que siempre estaba a un mensaje de distancia. Dejé de ser la vecina que abría la puerta de casa sin preguntar. Dejé de ser la hija que llegaba a cada almuerzo familiar. Dejé de ser la tía que celebraba cada cumpleaños, cada acto escolar, cada pequeño gran momento de la vida cotidiana.
Dejé de ser la que estaba ahí, siempre. Porque emigrar, aunque suene dinámico y valiente, también es renunciar a lugares donde una sabía quién era.
Llegué a un país donde no ocupaba ningún rol conocido. No era “la de siempre” para nadie. Era solo una mujer con 17 maletas, una mochila llena de sueños, desafíos, miedos, y un corazón que intentaba no romperse en el proceso.
Comencé entonces un camino silencioso: el de reconstruirme.
Armé mi casa de a poco, con paciencia y con esa mezcla de nostalgia y entusiasmo que solo entiende quien empieza otra vez. Elegí cada objeto, cada rincón, como quien bordea una herida que aún duele, pero que promete sanar.
Empecé a caminar por mi nuevo barrio, a reconocer calles, ritmos, acentos. Encontré mi supermercado favorito, descubrí cafés, parques, olores que empezaban a sentirse familiares.
Y en algún momento, sin darme cuenta, volví a sentirme en casa. Una casa a 12.000 kilómetros de la que me vio crecer.
Conocí mujeres que, sin obligación, se transformaron en sostén. Mujeres que aparecieron en días difíciles, porque sí, los hubo. Momentos de soledad, de dudas, de desgastes emocionales que no saben de visas ni de valijas.
Ellas me rescataron. Y yo también rescaté a otras.
Porque la expatriación no es un viaje individual, es un tejido invisible que une a quienes están lejos de todo lo conocido.
A mis 44 años empecé una vida nueva. Con un rumbo claro, sí, pero con miles de incertidumbres. Con planes, pero también con un mapa emocional que aprendí a leer sobre la marcha.
Y aquí estoy. Construyendo mi vida en cada decisión. Aprendiendo en cada error. Disfrutando cada acierto.
Si de algo estoy segura es que, por encima de cualquier miedo, lo que más hubo siempre fue ganas.
Ganas de intentarlo.
Ganas de crecer.
Ganas de sostenerme incluso cuando las fuerzas tambaleaban.
Ganas de no rendirme cuando todo era nuevo y yo también tenía que volver a descubrirme.
Porque ser expatriada —aunque nadie te lo diga— es esto: comenzar desde cero con el recuerdo completo de una vida vivida. Es saber que te esperan en un lugar y que te reciben en otro. Es construir puentes entre lo que fuiste y lo que estás empezando a ser. Es encontrar nuevos rincones, nuevas personas y una nueva versión de ti.
No sé cuánto tiempo estaremos aquí. Pero sé algo con absoluta claridad: estoy haciendo de este lugar, mi lugar.
Porque al final, expatriarse no es solo mudarse de país. Es mudarse de piel. Es dejar y es tomar. Es perder y es ganar. Es, sobre todo, aprender a mirar la vida —y a una misma— con nuevos ojos.
Gisela Tassara
